De Xièxiè a Bú là: el manual para entender el día a día en China

De la cultura del afecto físico a la sutileza de los tonos: cómo las anécdotas cotidianas se convierten en las palabras clave para habitar y entender la vida en China.

Antes de tomar el avión que me traería a Beijing, consumí decenas de videos en redes sociales. Estaba convencida de que el impacto no iba a ser tan fuerte, pero contra todo pronóstico, lo fue.

Vengo de una geografía completamente emocional, de la tierra de la carne tierna, del mate compartido que pasa de mano en mano, del abrazo efusivo, los gritos eufóricos y los cánticos improvisados en cualquier esquina por motivos futbolísticos o afectivos. De una sociedad donde el espacio personal es un concepto difuso y la distancia se acorta con un beso en la mejilla.

La primera del manual de supervivencia es Xièxiè (谢谢): gracias. La primera palabra que tenés que aprender sí o sí para poder vivir en China. Te abre las puertas de la empatía local.

Mis primeros días en Beijing se sintieron como un salto al vacío. No lograba descifrar los carteles urbanos, ni comprender la lógica de lo cotidiano, y mucho menos sabía cómo encontrar algo tan básico como un supermercado. El pánico inicial fue total cuando intenté pedir ayuda: mis palabras en español e inglés chocaban contra una pared idiomática insalvable.

Sin embargo, con paciencia infinita una china interpretó mi lenguaje de señas precario, activó el traductor de su teléfono y, sin dudarlo un segundo, me acompañó caminando varias cuadras hasta la puerta misma del supermercado. No se despidió hasta asegurarse de que yo estaba a salvo y con el carrito de compras en la mano.

Esa amabilidad me resultó insólita: una desconocida absoluta entregando su tiempo a otra desconocida. Y ahí sucedió mi primer choque cultural real. Desbordada de gratitud, extendí mis brazos y la envolví en un abrazo típicamente argentino, apretado y sincero. Ella se congeló. Quedó completamente inmóvil, con los brazos suspendidos, intentando rozar mi espalda con las palmas abiertas, sin presionar, conteniendo el aire mientras recibía mi muestra de afecto físico y soltaba una risa nerviosa. Comprendí instantáneamente que sus códigos de cariño van por distintos lados. El mío se expresa con el cuerpo; el de ella se manifestó logrando que una extranjera desorientada llegara bien a su destino.

Bú là (不辣):  no picante. Una frase que equivale a un salvavidas médico. Pronunciar el “Bú” con firmeza ascendente es vital si querés mantener tu estómago a salvo de los chiles profundos.

Como buena hija de la carne, el dulce argentino, las facturas del dulce de leche, sabía perfectamente que el choque culinario iba a demandar un esfuerzo, pero la teoría jamás se compara con la experiencia. No lo voy a negar: pasé los primeros días con hambre real. El organismo protesta, y mucho, ante la novedad drástica. Mi panza se hinchaba de manera incomprensible, el estómago me dolía a diario y las comidas me caían pesadas, rechazando los aceites, las texturas y, sobre todo, ese fuego interno que los locales consumen con total naturalidad.

En la gastronomía china, el picante no es un condimento opcional; es una filosofía y una costumbre identitaria. Para colmo de males, descubrí que en este idioma una misma palabra puede escucharse idéntica para el oído occidental, pero dependiendo del tono sutil con el que se vocalice (alto, ascendente, curvo o descendente), su significado cambia radicalmente, transformando un pedido cortés en un malentendido absoluto. En medio de esa crisis digestiva, encontré mi santuario en tres elementos nobles y predecibles: los dumplings al vapor, el pato pekinés con su salsa agridulce y el infaltable arroz blanco.

La seguridad es de otro mundo. Es una dimensión que bordea la ciencia ficción para quien se crió con el instinto de alerta siempre encendido. La primera vez vi que un señor se fue a correr y dejó su iPhone, su bolso y una campera en un banco de un parque y se fue a correr. Esa imagen no la podía creer.

¿Salir a correr y dejar todas tus pertenencias en un banco donde pasan miles de personas? Insólito. Sin embargo, en China sucede. Me quedé estupefacta, vigilando el banco con el ceño fruncido, esperando el desenlace inevitable que sentía mi instinto occidental. Pasaron miles de personas por delante y nadie siquiera miró los objetos. El corredor volvió, tomó sus cosas y se retiró. Esa tranquilidad es absoluta.

Siendo mujer, la libertad adquiere otro significado cuando podés andar en bicicleta por callejones oscuros a las tres de la mañana con la certeza absoluta de que no te va a pasar nada. El miedo, ese viejo conocido rioplatense, sencillamente deja de existir. Eso sí, va a costar desacostumbrarse cuando vuelva a mi hogar. Va a ser una de las transiciones más difíciles.

Esa misma apropiación del espacio público se traduce en una vitalidad comunitaria hermosa. En China, los adultos mayores bailan en las plazas públicas como si tuvieran veinte años, y esto no es una metáfora literaria. Son las siete de la mañana y los parlantes ya están tronando con música pop y ritmos tradicionales a todo volumen. Los grupos de abuelos hacen coreografías sincronizadas con una elasticidad y una energía que a mí, con varias décadas menos, me genera una sana envidia.

Descubrí que en este rincón del mundo envejecer no se lee como una tragedia de aislamiento o abandono, sino como una oportunidad dorada para recuperar el control del cuerpo, socializar y adueñarse de las veredas mediante juegos de raqueta, gimnasia y pelotas de tela.

China me obligó a desaprender muchas certezas. Y quizás ese sea el mayor regalo de vivir tan lejos de casa: entender que existen muchas formas correctas de habitar el mundo.

Hoy sigo aprendiendo palabras en chino. Pero, sobre todo, sigo aprendiendo a traducir miradas, costumbres y maneras distintas de entender la vida. Ese, al final, es el único manual de supervivencia que realmente vale la pena llevarse de este viaje.

Fuente: CGTN.com